A vueltas de nuevo con la paciencia (2)

Hace tiempo fue la primera entrega sobre la paciencia en los Padres y Madres de la Iglesia, centrada en los aspectos más teóricos. Ahora, con la que está cayendo, nada mejor que continuarla en su parte práctica.

Para ello nos serviremos del primer tratado cristiano sobre la misma, escrito por Tertuliano (hacia el 200) y otro escrito de san Cipriano (c. 256), que comienza así: “Debiendo tratar sobre la paciencia… por dónde empezar mejor que con deciros que ahora mismo necesito de la vuestra para escucharme… [pues solo] se capta un razonamiento con provecho y eficacia cuando se escucha con paciencia” (Sobre el bien de la paciencia 1, sbp a partir de ahora).

Tras explicar que la paciencia tiene su razón de ser y su fundamento en la paciencia que Dios tiene con nosotros y la que Jesús tuvo, Tertuliano se centra en la disciplina de la paciencia, es decir, las reglas que se deben observar, diferenciando entre la paciencia del cuerpo y la del alma.

En relación a la primera habla de la sencillez en el vestido, la frugalidad en el alimento y el ayuno. Su discípulo Cipriano añadirá: “No es menos necesaria la paciencia para sobrellevar tantas molestias de la carne y las penosas y duras enfermedades del cuerpo, que a cada paso atormentan y atacan al ser humano” (sbp. 17).

Más se explaya Tertuliano sobre la paciencia del alma y los principales motivos que la ponen a prueba:

  • la pérdida de los bienes materiales (ya que “no se tiene miedo a dar cuando no se teme perder”, sp 7,9);
  • las injurias y ultrajes: soportados con paciencia vuelven sobre quien los lanza;
  • el “duelo” por las personas cercanas, para no caer en el sinsentido y la nostalgia de lo que no volverá.

Además, al ejercicio de la paciencia le acompaña la felicidad, y ninguna de las bienaventuranzas son posibles sin esta virtud, que juega un papel fundamental en la vida del cristiano, como completará san Cipriano: “Por ser tan rica y variada [la paciencia], no se ciñe a los estrechos límites… sino que se difunde por todas partes… Ella modera nuestra ira, frena la lengua, dirige nuestro pensar, conserva la paz, endereza la conducta… fortifica sólidamente los cimientos de nuestra fe, levanta en alto nuestra esperanza… nos lleva a perseverar como hijos de Dios, imitando la paciencia del Padre”, sbp. 20.

Cien años antes, un laico romano, con graves problemas familiares, había escrito: “La paciencia es grande y fuerte, su potencia es firme y robusta, se siente feliz… y vive alegre y jubilosa, sin preocupación alguna… manteniéndose en todo tiempo mansa y tranquila”, Hermas, Pastor. Mand. V,3.

Pues, como dirá el evangelio, es “con la paciencia como poseeremos nuestras almas”, Lc 21,19. Y con ella nadie ni nada nos la arrebatará, ya que “la espera y la paciencia nos son necesarias para completar en nosotros lo que hemos empezado a ser y conseguir, por la concesión de Dios, lo que creemos y esperamos”, sbp. 13.

Quinientos años más tarde, un monje oriental escribirá: “La paciencia hace que el esfuerzo no aplaste al alma y que ella no vacile jamás bajo los golpes, justos o inmerecidos. La paciencia es el límite puesto a la tribulación, por el hecho de que la acoge día a día. Quien tiene paciencia es un trabajador al que nada abate, y convierte hasta sus caídas en victorias”, Juan Clímaco, Escalera espiritual XXIII,78-80.

Por si alguien quiere continuar le aconsejo: Alan Kreider, La paciencia. El sorprendente fermento del cristianismo en el Imperio romano, Sígueme 2017. Vale.

Fernando Rivas Rebaque

Deixa un comentari

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

Esteu comentant fent servir el compte WordPress.com. Log Out /  Canvia )

Twitter picture

Esteu comentant fent servir el compte Twitter. Log Out /  Canvia )

Facebook photo

Esteu comentant fent servir el compte Facebook. Log Out /  Canvia )

S'està connectant a %s