Hesiquía o paz interior (integral)

¿Qué es y para qué sirve? Si es que sirve para algo

Como decíamos ayer (10/9/2018), ahora toca hablar de la hesiquía, palabra con un significado muy amplio que iría desde el reposo a la paz interior, el silencio o el recogimiento… Algo que viene muy bien para tiempos como los que corren.

No se trata de una situación momentánea, sino de un estado permanente, y va siempre acompañada por el conocimiento de las propias carencias, como bien expresa en el siglo VII uno de los grandes maestros espirituales del Oriente cristiano: «Amigo de la paz interior no es aquel que lleva a cabo con diligencia las cosas hermosas, sino aquel que acoge con alegría las cosas negativas que le afectan», Isaac de Nínive, El don de la humildad, Sígueme, Salamanca 2007, p. 111.

Por medio de la hesiquía podemos alcanzar la unidad interna (focalizando nuestros deseos, facultades y energías), vivir en paz con quienes nos rodean (naturaleza incluida) y experimentar la presencia y el encuentro con Dios. Volvemos de nuevo a Isaac de Nínive: “Escruta tu práctica y no corras tras un nombre. Entra, profundiza, no tengas pudor, aprende, progresa, lánzate en todas las distinciones maravillosas y libres de los caminos de la práctica de la quietud, a fin de que comprendas con todos los santos la altura, la profundidad, la longitud y la largura (cf Ef 3,18) de esta conducta que no tiene límites… Y no te concedas reposo hasta haber penetrado en todos los senderos”, ib. 182.

La hesiquía no supone dejar de tener problemas o dificultades, que nos acompañan hasta el final, sino ser capaces de enfrentarnos a ellas. Tampoco significa insensibilidad hacia lo que nos rodea, sino relacionarnos con nuestro entorno en su auténtico sentido y razón, no en función de nuestros deseos, pues como expresa Isaac de Nínive: “Permanece en paz contigo mismo, y los cielos y la tierra estarán en paz contigo mismo”, ib. 78.

Y aunque es por esta hesiquía por la que empezamos a adquirir el conocimiento de nuestra propia persona y de Dios, no es más que indirectamente, pues solo por el amor tenemos un conocimiento pleno de ambos: “De hecho, cada vez que apacigua todos los movimientos del oído y de la vista, el solitario ve de un modo luminoso a Dios y a sí mismo, y extrae [del alma] aguas limpias y dulces, que son los suaves pensamientos de la firmeza. Por el contrario, cuando se apoya en aquellos movimientos, a causa del torpor que ellos le producen el alma se vuelve semejante a uno que camina de noche en medio de la niebla: es incapaz de ver el camino y el sendero, de manera que se extravía con facilidad hacia lugares desiertos y peligrosos. Sin embargo, cuando se aquieta al mismo tiempo que su alma, como alguien sobre el cual soplara un viento fresco que despejase el aire a su alrededor, entonces empieza a resplandecer de nuevo ante sí mismo, descubre lo que él es, discierne dónde se encuentra y dónde se le pide que vaya, y ve de lejos la morada de la Vida”, ib. 108.

Un conocimiento que también se aplica a la propia Escritura (y a nuestra vida e historia), donde su complejidad y riqueza hacen absolutamente necesaria la paz interior, como aconseja Isaac de Nínive: “Que tu lectura se realice en quietud, [alejado] de todo, estando libre de la excesiva preocupación por el cuerpo y del tumulto de las actividades, a fin de que produzca en tu alma un sabroso gusto, mediante las comprensiones deliciosas que trascienden los sentidos [y] que el alma siente en sí misma cuando persevera en la lectura”, ib. 40.

Y una vez visto qué es la hesiquía, y su importancia, tocará en próximos apartados ver cómo conseguirla, advirtiendo a las almas inquietas que esta cuestión va para largo.

Fernando Rivas Rebaque

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