¿Qué hacer cuando la dispersión nos domina?

Uno de los problemas que más inquietaron a los Padres y Madres de la Iglesia (PMI) y que sin duda más nos preocupan hoy es el tema de la dispersión: estar en múltiples frentes sin abarcar ninguno de ellos en condiciones, saturados, fragmentadas y descangallados.

Así los PMI encontraron en la Escritura dos referencias para expresar este exceso de actividades y palabras que no conducían sino a la disgregación y la disolución del propio ser humano.

Por un lado, en la parábola del sembrador, la parte de semilla que cae entre espinos es interpretada desde el inicio como “el afán de este siglo y el engaño de las riquezas, que ahogan la palabra y la convierten en infructuosa”, Mt 13,22. Y alguno de los comentaristas posteriores hablan de las “múltiples actividades” (polypragmosyne), que impiden al ser humano crecer y alcanzar su madurez por estar inmerso en tal cantidad de acciones que le impiden centrarse en lo único necesario (cf Lc 10,42).

Por otro lado en el mismo evangelio se dice que “cuando vayáis a orar, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería (multiloquitur), serán oídos”, Mt 6,7. Es decir, la obsesión por volcarse en las formas, el exceso de palabras, olvidando el contenido y el silencio que da sentido a esas mismas palabras.

De hecho, una de las sentencias (apotegmas) más conocidas de los padres del desierto está relacionada con las actividades que, a pesar de ser consideradas como beneficiosas, no solo no nos ayuda a crecer, sino que nos impide ser felices. Dice así:

Uno contó: ‘Tres amigos, llenos de celo, se hicieron monjes. Uno de ellos eligió reconciliar a los tenían pleitos, según lo que está escrito: ‘Bienaventurados los que buscan la paz’ (Mt 5,9). El segundo se propuso visitar a los enfermos. El tercero fue a poner en práctica la hesiquía en la soledad.

El primero, agotándose en los pleitos de los hombres, no podía pacificar a todos. Desalentado se fue donde estaba el que ayudaba a los enfermos y lo encontró también desanimado, incapaz de cumplir el mandamiento divino. De común acuerdo fueron al encuentro del que se había retirado al desierto, y le contaron sus tribulaciones y le rogaron que les dijera a qué situación había llegado.

Este quedó un momento en silencio, y llenando una copa de agua les dijo: ‘Mirad este agua’. Estaba turbia. Y poco después añadió: ‘Mirad ahora cómo se ha vuelto trasparente’. Se inclinaron sobre el agua y vieron en ella su rostro como un espejo. Y les dijo: ‘Esto sucede al que mora en medio de los hombres: el desorden no le permite ver sus pecados, pero si recurre a la hesiquía, sobre todo en el desierto, descubrirá sus pecados”, Las sentencias de los Padres del desierto, DDB, Bilbao 1981, p. 51.

Y es que para los PMI la hesiquía, palabra que significa al mismo tiempo “reposo, tranquilidad, recogimiento, silencio y encuentro con Dios”, es la actitud que nos permite alcanzar la unidad interior sin fracturarnos, vivir en paz con los que nos rodean (naturaleza incluida) y experimentar la presencia de Dios, porque supone una concentración de nuestros deseos, facultades y energías, va en contra de cualquier dispersión y nos ayuda a experimentar la auténtica felicidad interior y exterior.

Por ello se hace necesario hablar de la hesiquía, pero esa es otra historia, que veremos en el siguiente artículo. Ahora solo nos queda, como decía el Quijote: “Paciencia y barajar, amigo Sancho”, sobre todo si es en tiempo de verano, esa maravillosa escuela de calor (Radio Futura dixit).

Fernando Rivas Rebaque

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