La humildad como kintsugi del corazón: el arte de reparar las cicatrices de la vida y convertirlas en bellas

El kintsugi es una técnica japonesa que consiste en reparar las fracturas que se producen en los objetos de cerámica con resina de oro. En lugar de disimular las roturas, las piezas restauradas muestran las heridas que el paso del tiempo y el uso han producido, convirtiéndolas en únicas y bellas.

Algunos autores han considerado el kintsugi como una metáfora de la resistencia ante las adversidades de la vida, como Marta Rebón, o Tomás Navarro, Kintsukuroi: el arte de curar heridas emocionales, Ediciones Planeta 2017. En mi caso haré una lectura patrística considerando que esta cola de oro que restaura nuestras heridas es la humildad.

Frente a una sociedad y una cultura obsesionadas por ocultar todo lo relacionado con las heridas y el paso de los años tanto en el plano físico (pomadas antiarrugas o anti-edad, lifting de todo tipo) como psicológico (prohibido hablar de ancianos o mostrar la fragilidad), los Padres y Madres de la Iglesia proponen la humildad como resina de oro que unifique las heridas y fracturas que el paso de la vida nos va dejando.

Es la humildad la que nos permite mostrarnos como realmente somos, seres fracturados y rotos, pero unidos (ungidos) por la gracia de Dios, lo que nos impide entrar en la dinámica del pesimismo o el autocastigo, como bellamente expresa Ireneo de Lyon (siglo II): “Si eres obra de Dios, aguarda la mano de tu Artífice que todo lo hace oportunamente, y de igual manera obrará oportunamente en cuanto a ti respecta. Su Mano plasmó en ti la sustancia; te ungirá por dentro y por fuera con oro puro y plata (Ex 25,11) y tanto te adornará que el propi Rey deseará tu hermosura (Salmo 45,12)”, Contra los herejes IV,39,2 (la cita se la debo a Rosa Ruiz Aragoneses).

Algunos Padres y Madres del desierto habían hablado con anterioridad del papel de la humildad: «Allá donde no esté la humildad, no está Dios» (Apotegmas II, 279), o «sin humildad no puede cumplirse ningún mandamiento» (ib. II, 319). Pero será Isaac de Nínive, un padre del desierto sirio del siglo VII, el que lleve a su culmen la importancia de la humildad, llegando a afirmar: “Considérate en poco a los ojos de tu alma, y verás la gloria de Dios dentro de ella. [Pues] donde florece la humildad, allí brota la gloria”, El don de la humildad, Sígueme 2008, 145.

En esta misma línea, pero profundizando en sus conexiones teológicas, escribe: «La humildad es el vestido de la divinidad; por medio de la Palabra que se ha hecho hombre, la divinidad se ha revestido de la humildad, y por medio de la humildad habla con nosotros, a través de nuestro cuerpo. Todo aquel que se ha recubierto de humildad verdaderamente se asemeja, gracias a ella, a Aquel que ha descendido de su altura, que ha escondido el esplendor de su grandeza y ha velado su gloria, para que la creación no pereciera al verle» (ib, 138s).

Una humildad que tiene su campo privilegiado de actuación en el corazón, pues «hasta que el corazón no es humillado, no cesa de vagar. La humildad recoge el corazón, y cuando una persona es humillada, inmediatamente le rodea la misericordia y le abraza. Cuando se le une la misericordia, el corazón siente de pronto la ayuda, porque descubre que palpita también en su interior un cierto sentimiento de confianza y de potencia; y cuando experimenta que le ha llegado la ayuda de Dios, y que ella le sirve de auxilio y socorro, entonces, inmediatamente, el corazón se llena de fe» (ib. 144). Que así sea

Fernando Rivas

Anuncis

Deixa un comentari

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

Esteu comentant fent servir el compte WordPress.com. Log Out /  Canvia )

Google+ photo

Esteu comentant fent servir el compte Google+. Log Out /  Canvia )

Twitter picture

Esteu comentant fent servir el compte Twitter. Log Out /  Canvia )

Facebook photo

Esteu comentant fent servir el compte Facebook. Log Out /  Canvia )

S'està connectant a %s