Desde Marruecos

Hoy he ido a misa a Beliones. Eran los mismos chicos del viernes pasado; no se atrevían a salir a la carretera; les animamos a hacerlo; vinieron, y, apenas habíamos comenzado a hablar con ellos, un grupo de marroquíes se acerca lentamente, teléfono en mano y al oído; es obvio que están llamando al ejército. Los chicos, asustados, se van con la comida, y nosotros esperamos a que el grupo de marroquíes se nos acerque. Yo, que llevaba el pectoral en un bolsillo del pecho, lo saqué, por dejar a la vista que el que les hablaba era un cristiano.

Llega de inmediato una furgoneta del ejército. Mientras intento explicar al grupo de jóvenes marroquíes que impedir que los hambrientos reciban pan es una ofensa a Dios y a la humanidad, se acercan dos soldados, y nos piden la documentación. Presento la mía, y dan a entender que las que verdaderamente les interesan son las de los dos subsaharianos que me acompañan. Modou, senegalés, presenta la suya. Luego lo hace Regis, camerunés. Todo en regla. Nos vamos.

Unos kilómetros más adelante vemos una nube de furgonetas del ejército y dos autobuses. Nos acercamos: los autobuses estaban llenos de subsaharianos que iban a ser deportados a ciudades del sur de Marruecos. Regresamos a Tánger. En el mismo lugar donde habíamos entregado las bolsas de comida, ahora estaban los chicos, pero ya arrestados –por la comida ya no preguntamos, porque se la ha secuestrado la civilización–.

Hasta aquí los hechos. Ahora los sentimientos. Me avergüenza que fuerzas de un ejército, de cualquier ejército, sean desplegadas contra los pobres. Me avergüenza que haya hombres y mujeres que se dedican a la política, y toman decisiones que pasan sobre la vida de los pobres, que pisotean sus derechos, que ignoran su sufrimiento. Me avergüenza que a los pobres se les trate como a reses, se les detenga y se les desplace contra su voluntad, que se violen sus derechos individuales, sin que los proteja una autoridad judicial, sin que los proteja la sociedad.

Me avergüenza una sociedad a la que hay que explicar, sin que lo entienda, que su obligación no es delatar al que tiene hambre sino darle de comer. Me avergüenza que quienes ultrajan de esta manera a los pobres en las fronteras, luego, en los periódicos, digan que van a misa.

No, nadie va a misa en una iglesia si antes de ese parto, en ese parto y después de ese parto no se le encuentra en la misa de los excluidos.

Santiago Agrelo, arquebisbe de Tànger
(Publicat a Facebook el 19 de març de 2017)

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